Desde el día que invocamos al fantasma de Aristóteles, las sesiones han sido un éxito. Los salones se llenan con facilidad y no nos damos abasto para atender a tanta gente. A diario nos llega correspondencia de todos los países. Piden hablar con Marx, Galileo, Descartes, Napoleón o Jesucristo. Con gozo aterrador hemos conocido sus testimonios de ultratumba. Sin embargo, nuestra tarea no es un campo de flores. Como desertores, venimos huyendo de la policía. Debido a las frecuentes emboscadas, nos vemos obligados a reunirnos en lugares clandestinos, a horas imposibles; juzgados, perseguidos, acusados de subvertir la verdad del mundo.
Hay días en que la ropa me queda demasiado grande no porque haya perdido peso precisamente sino porque de seguro se me ha encogido en dos tallas el alma. Tan inevitable como inútil uno se mira las manos bajo el sol ve caer el ensueño junto al chorro del grifo y encuentra en una cáscara de fruta el significado obsoleto de la alegría. Hay días en que el cuerpo se engalana solo como un mendicante sin el alma puesta y hay que dejarlo simplemente abrazarlo y dejarlo irse.
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