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Mostrando las entradas etiquetadas como Poesía

Estación Julio Prestes

Hubo días en que pasé hambre y llenaba las vísceras con manantiales de lavatorio a veces para engañarme me decía que era martes y no viernes ahí están como evidencias los poemas heroicos en los baños públicos el pavor secreto de las plazas soleadas. Desde el hotel Helvetia me asomaba a diario como un misántropo a otear los cascos acerados de la estación Júlio Prestes. Algo debió nacer o morir ahí en esos lentos atardeceres un retazo de mi voz de mi sombra me avergüenza un poco ahora pero por fortuna no hay testigos de mi cuerpo desolado.

Se nos ha ido la vida

Se nos ha ido la vida como excusándose en un batir de alas silentes sin prisa sin lástima sin dolor ¿ya ves que no era tan grande como decían? Solo hemos tenido una carta un único rostro adormecido una moneda de un solo lado y la hemos apostado a perdedor todo o nada bajo la mirada inquietante de los jueces. Se nos ha ido la vida y a cambio nos han echado a nuestra suerte. 

Outfit

Hay días en que la ropa me queda demasiado grande no porque haya perdido peso precisamente sino porque de seguro se me ha encogido en dos tallas el alma. Tan inevitable como inútil uno se mira las manos bajo el sol ve caer el ensueño junto al chorro del grifo y encuentra en una cáscara de fruta el significado obsoleto de la alegría. Hay días en que el cuerpo se engalana solo como un mendicante sin el alma puesta y hay que dejarlo simplemente abrazarlo y dejarlo irse.

Bienaventuranza

¿Cómo harán los otros para vivir  en esta elástica reclusión  sin un dolor bajo el bazo? ¿no les pesa acaso los hombros el cuello  de tanto sostener  los delirios cada noche? ¿no les estalla el aire en los pulmones cuando se asoman a la ventana? Cuando caminan calle abajo ¿no sienten acaso un frío  mordiéndoles las piernas? ¿Cómo harán para despertar cada día abrir los ojos  ser el mismo y no sentir que han caído  en un sueño más profundo? Bienaventurados los sedientos los que apagan su fe con gárgaras de infinito. 

Los Cruzados

Con mis compañeros de armas solíamos asaltar las esquinas. Bebíamos la noche de oros derretidos, el rocío de las estrellas. Acometíamos con vehemencia de cíclope contra las falsas promesas y el capó de los autos. Bajo los puentes caídos, celebrábamos la derrota, con grandes manos pobladas de ternura. A veces volvíamos con la piel gastada, los dientes cargados de flores y las hileras rotas de tanto arrastrar los caminos. Volvíamos con prisa de retorno, con colores escritos en los labios y los bolsillos repletos de hierba, cenizas que íbamos esparciendo y recogiendo de tanto humo sofocado. Mentíamos a nuestros padres con absoluta verdad y a nuestros futuros hijos con gritos de inocencia.  Todos queríamos traer, a nuestro modo, el fuego de la montaña, empujar la piedra de Sísifo, rodar con ella, ser todo o nada, hasta darnos de bruces en el lodo sagrado, materia viviente, morada de los tiempos.    Éramos cinco, pero, a veces, se sumaban otros. Igual de ingenuos y desesperado...