Con mis compañeros de armas solíamos asaltar las esquinas. Bebíamos la noche de oros derretidos, el rocío de las estrellas. Acometíamos con vehemencia de cíclope contra las falsas promesas y el capó de los autos. Bajo los puentes caídos, celebrábamos la derrota, con grandes manos pobladas de ternura. A veces volvíamos con la piel gastada, los dientes cargados de flores y las hileras rotas de tanto arrastrar los caminos. Volvíamos con prisa de retorno, con colores escritos en los labios y los bolsillos repletos de hierba, cenizas que íbamos esparciendo y recogiendo de tanto humo sofocado. Mentíamos a nuestros padres con absoluta verdad y a nuestros futuros hijos con gritos de inocencia.
Todos queríamos traer, a nuestro modo, el fuego de la montaña, empujar la piedra de Sísifo, rodar con ella, ser todo o nada, hasta darnos de bruces en el lodo sagrado, materia viviente, morada de los tiempos.
Éramos cinco, pero, a veces, se sumaban otros. Igual de ingenuos y desesperados, todos perdían lo encontrado hace poco y se mordían los pulgares contra el marco de las puertas.
Y era hermoso ver los pechos inflados como velas, los cabellos cubiertos de arañas, las mejillas salpicadas de asombro. Sobre los campos quemados, aún los distingo: Emilio era rebelde. Colgaba sombreros en el viento, medía el tiempo con un alfiler, desataba laberintos con ovillos de lana. A diferencia de Luisi, que vestía nubes de guardapolvo y arrancaba las sombras con voz de tinieblas. Había perdido el miedo a la eternidad y consolaba a los ciegos con luz de constelaciones. Teo había imaginado una ciudad de quimera, con sus aeropuertos subterráneos, sus monedas invisibles, sus edificios duros como el bronce y ascensoristas calvos a la entrada de diminutas pirámides. De todos ellos, a Nano es al que menos recuerdo, pero con el que más me tropiezo en los sueños.
Luego, sin saberlo, emprendimos un viaje. Escribimos un manifiesto sobre una guerra perdida. Sobre los negros arenales rechinaron los silencios. El agua era clara, el cielo nos llegaba a los tobillos. Había montones de rocas con forma de sílabas y corazones. Desde una cornisa alta dibujamos un planeta y nos precipitamos al cimiento de la noche. Nano se marchó poco después, como una fiera que huye de su presa. Teo decidió habitar su mundo inverosímil, redondo y fugaz como un suspiro. A Luisi lo vi una vez sentado en la estación, mirándose las manos como quien mira un espejo de sangre. No sé en qué momento desapareció Emilio.
Partimos cinco, solo uno ha vuelto.
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