EL
VESTIDO DE ELISA
Para
L.
Apenas
Braulio se mudó a la casa, empezó a escuchar los ruidos.
Al
principio eran golpes secos, como puños contra una superficie de madera. A
veces, mientras conciliaba el sueño, oía pisadas inquietas al otro lado de la
habitación. Más adelante, los sonidos cesaron y surgieron escurridizas sombras cruzando
el corredor o la presencia invisible pero certera de unos ojos que lo
observaban a sus espaldas. Así hasta que una buena noche se dirigió a la cocina
para devolver una taza sucia y vio una silueta translúcida frente al
lavaplatos. Fue así como conoció a Elisa.
Después
del susto inicial y las preguntas de rigor en esta clase de encuentros
espectrales ⸺«¿quién eres?» «¿qué haces aquí?»⸺ entablaron una conversación que
se dilató hasta que en las calles ya no se escuchó ninguna bocina, solo el
cricrí de los grillos y el maullido de una gata en celo.
Casi
de inmediato, se tendió entre ambos una complicidad tan franca que parecía que se
hubieran conocido en todas las vidas. Cada vez que Braulio llegaba a su casa, salía
ella a esperarlo a la puerta. Después de dejar su maletín, se servía una
infusión para los gases, se sentaba en el sofá y le contaba cómo le había ido
en la oficina. Elisa lo escuchaba con los dedos entrelazados. En ocasiones, le
pedía a Braulio que se sentara al piano y tocara algo para ella. No era un
eximio pianista. Sin embargo, las melodías breves y dulzonas de Austin Farwell
las ejecutaba con tanta delicadeza que Elisa terminaba siempre con las manos en
el rostro. Cuando Braulio se acercaba para consolarla, se tropezaba con la
misma materia de la que está hecha el vacío.
A
pesar de la imposibilidad del contacto físico, la presencia de Elisa fue haciéndose
para Braulio más real que los propios objetos y los muebles que poblaban la
casa. Para él, un modesto profesor de universidad, la compañía de ella resultó
un soplo de aire fresco. Después de dar su clase, se dirigía directo a su
coche. No hablaba con nadie. Los diálogos con estudiantes no contaban. Alguna
vez, tuvo un escarceo amoroso con una alumna suya, pero hace cuánto de eso. En
los intervalos, bajaba a la cafetería, compraba un expreso y se sentaba cerca
del televisor para ver las noticias. A menudo se cruzaba en los pasadizos con
antiguos estudiantes que lo saludaban con cordialidad, pero de quienes
recordaba apenas sus nombres.
⸺
¿Tú eres…?
⸺
Jiménez, profesor. Me enseñó usted en primer ciclo. Ahora estoy en el último.
⸺
Oh, sí. ¡Qué rápido!
En
efecto, Braulio notaba que, para él, el tiempo no se medía en años sino en
lustros. Terminado el cuatrimestre, llegaba una camada nueva de jóvenes exaltados,
de pantalones anchos y piel lozana, tenis blancos y estruendos de risa. El
último día de clases, como de costumbre, se tomaba una foto grupal delante del
pizarrón, les estrechaba las manos a todos y les deseaba suerte en el futuro.
Al siguiente año, llegaba otra bandada de la misma edad y ocurría lo mismo.
Era
como si nadie envejeciera, excepto él.
⸺
Enseñar es como una cámara del tiempo, conmigo afuera ⸺le había dicho alguna
vez a Elisa.
Era
lógico que el aislamiento lo hubiera vuelto huraño. Su círculo social se había reducido
al mínimo. La mayoría de sus amigos del colegio o la universidad ya estaban
casados y otros cuantos vivían en el extranjero. Rara vez aceptaba una
invitación a comer o beber y si lo hacía, se aburría a muerte. Pero desde que Elisa
irrumpió en su mundo, Braulio notó como si se introdujera una pausa en medio de
ese ritmo monocorde, como si se abriera una rendija en la cerrazón de la noche.
Por
su parte, Elisa le contó a Braulio lo tedioso que era habitar sola entre esos viejos
muros. Todavía tenía el recuerdo tierno de algunos ocupantes que habían pasado
por la casa como aves migratorias. Estaba la familia de un marino mercante,
conformada por su esposa y sus tres hijos, que no duraron ni una semana tras
escuchar los sonidos recurrentes en la sala o el semisótano. Le contó, también,
sobre la presencia fugaz pero apacible de un joven arquitecto, de buen carácter,
que trabajaba de sol a sol y que una noche de abril salió en su automóvil y no
regresó. Días después, la hermana de aquel vino a la casa vestida de negro a
recoger sus cosas. Las personas que más tiempo permanecieron fueron una pareja
de abogados a quienes parecía no incomodarles el repique de los trastes ni el
agua cayendo del grifo, pero que a la primera aparición de Elisa pusieron la
casa en venta.
⸺
Eres el primero en no salir corriendo ⸺le dijo Elisa, riéndose.
Para
las vacaciones de verano, Braulio decidió quedarse en casa. Tenía por hábito viajar
todos los años a ver a su hermana Lucía. Le mintió diciéndole que tenía muchos
pendientes y que lamentaba no poderla visitar y llevarle los alfajores que
tanto le gustaba. Mientras conversaban, Lucía lo notó de buen ánimo y le
preguntó qué bicho le había picado. «Ya lo sabrás, hermanita», respondió con
una seriedad impostada. Los días siguientes, Braulio y Elisa tuvieron toda la
casa y el tiempo a su disposición. No solo se entretenían juntos, sino que cumplían
cabalmente los deberes del hogar: cocinaban (en realidad, Braulio lo hacía y
ella observaba), hacían la limpieza, planchaban la ropa, secaban la vajilla.
A
poco de terminar el mes, el clima cambió y llovió a cántaros. Para matar el aburrimiento,
miraban películas en el sofá o jugaban cartas con apuestas, en las que Elisa se
delató como una pésima perdedora. Cuando tenía antojos, Braulio iba a la cocina
y horneaba bizcochos o galletas rellenas con merengue o crema inglesa. Elisa se
regocijaba con la elaboración minuciosa de la receta, de cómo Braulio separaba con
cuidado las claras de las yemas y, luego, amasaba la harina con la mantequilla,
formando una pasta amarilla y esponjosa. Era como un universo nuevo para ella.
Una
tarde lluviosa de sábado, Braulio abrió el tocadiscos y colocó un vinilo al
azar. Después del crujido de la aguja, se oyó Will you still love me
tomorrow y el aire brumoso se fundió con la voz cristalina de Shirley
Owens. Al acercarse a Elisa, ella retrocedió. «¿Nunca has bailado?», le
preguntó asiéndola de la cintura. Elisa negó con la cabeza. Minutos después, la
tarde cayó como una tela gruesa y las sombras de los dos se alargaron hasta
trepar por la pared del dormitorio.
Al
día siguiente, salió el sol y Braulio se dirigió al jardín a aspirar el rocío. Incluso
se animó a charlar con sus vecinos. Muy campechanos, estos le preguntaron si no
le daba miedo vivir en esa casa de mal augurio. Para nadie era un secreto las leyendas
de condenas que pesaban sobre el edificio. Braulio se hacía el desentendido mientras
Elisa lo miraba carcajeándose desde el ático.
Ya
no podían concebir los días el uno sin el otro, aunque estos se limitaran a paseos
dentro de la casa, picnics en la alfombra y atardeceres desde el balcón de la
biblioteca.
Hasta
la personalidad de Braulio se había vuelto más activa. Empezaba ahora a acudir
a reuniones sociales y hasta retomó el contacto con antiguos compañeros. Un día
recibió una invitación para ir a cenar en parejas y ni bien llegó a casa le
participó la idea a Elisa. Ella lo escuchó como quien escucha una mala broma y
se alejó esfumándose en la pared de la sala. De todos modos, Braulio asistió a
la cena y excusó a Elisa con sus colegas bajo el argumento de que estaba enferma.
«Esperamos que nos presentes a la afortunada», le dijeron en la sobremesa. No
pasó mucho tiempo hasta que su mejor amigo, Frank, le comunicó que celebraría pronto
sus bodas de cristal. Braulio pareció alegrarse más que aquel. Durante la cena,
le expresó a Elisa que esta vez no podían ausentarse. Elisa perdió la
paciencia: «¿Es que no te das cuenta?» le respondió desde el otro lado de la
mesa, con el plato intacto como siempre. «¡No puedo hacerlo!». Luego de
desvanecerse, estuvieron distanciados por semanas. Fueron días opacos. Cada vez
que Braulio entraba al vestíbulo era como si pisara una tierra desolada. Hasta
el eco de sus pasos en el corredor, el tintineo de la cuchara en el tazón o el
borboteo del agua en las cañerías se le hacían dolorosamente audibles. Una
tarde no aguantó más y la llamó varias veces por su nombre.
En
pocas ocasiones se conceden a las personas treguas en medio de una guerra fría.
Sin proclamas ni excusas, esa tarde, Braulio y Elisa sellaron pactos,
derribaron trincheras, encallaron navíos. Braulio despertó cantando, sin
embargo, un resquemor diminuto le punzaba como una astilla pequeñita los
cimientos del corazón.
A
la semana siguiente, al volver al trabajo, Braulio se topó con cambios drásticos
en la universidad. El decano había sido removido y en su reemplazo fue nombrado
un doctor apellidado Osores. Braulio fue trasladado de unidad y se vio forzado a
trabajar horas extras. Llegaba muy tarde a casa, pasadas las diez, y optaba por
cenar ligero. Tras intercambiar algunas palabras con Elisa, se lavaba los
dientes y le daba las buenas noches. La rutina volvía a cercarlo. No obstante, había
un evento que le hacía bastante ilusión: su cumpleaños número cuarenta. Nunca
había sido una persona festiva, pero, de algún modo, sentía que corrían nuevos
aires y no estaría mal probar algo diferente en su vida. Entre una clase y otra,
Braulio se ocupaba de la organización de su propio agasajo: llamaba a
proveedores, cotizaba alquiler de equipos, luces, servicio de barman, camarero,
banquete para quince personas.
Para
la velada, llegaría su hermana Lucía, además de Frank, algunos primos cercanos,
tres amigos de infancia, colegas de la universidad, un par de vecinos y hasta
el doctor Osores, con quien Braulio procuraba hacer buenas migas. Mantuvo el
secreto durante semanas hasta que creyó oportuno informar a Elisa.
⸺
Escúchame, cielo ⸺le dijo⸺. Sé que no puedes salir de aquí y lo entiendo. Por
eso mismo, esperaba que, en esta fecha especial, puedas acompañarme.
⸺
Ya hemos hablado de esto⸺ rezongó Elisa, a punto de marcharse.
⸺
Espera ⸺le dijo Braulio, interponiéndose en su camino⸺ Por favor, no pienses
que no eres suficiente para mí. En absoluto. Estoy contento aquí y ahora. Pero
jamás te he pedido nada ⸺Hizo una pausa y se le ahuecó la voz⸺ Mira, cuando mis
padres murieron, yo quedé devastado. Nunca llegaron a ver ninguno de mis
logros, ni mi doctorado ni cuando gané la plaza en la Facultad. Mi mamá me
había hecho prometer que, llegado el momento, le presentaría a mi futura
esposa. Tenía tanto miedo de que me quedara solo. Por razones que no vienen al
caso, nunca pude hacerlo. Ahora solo me queda Lucía, mi única familia. También
te he hablado de Frank, que es como mi hermano ⸺y concluyó, mirándola con sutileza⸺.
Nada me daría más dicha que pudieran conocerte.
Elisa
bajó la cabeza. En silencio, fue dibujando con la mirada las vetas negras del parqué
de roble.
⸺
¿Y cómo haríamos? ⸺preguntó, sin ganas⸺ Solo tú puedes verme.
⸺
Despreocúpate ⸺le dijo⸺ se me ocurrirá algo.
Se
le ocurrió esa misma tarde mientras caminaba por el centro comercial. Al pasar
frente a una tienda de ropa, vio en la vitrina el vestido más sublime que mano alguna
haya confeccionado. Estaba hecho en satén color champagne, con escote cruzado y
tirantes, hombros descubiertos, espalda lisa, falda con vuelo y cintura lazada.
Poco le importó utilizar parte de sus ahorros para comprarlo. La vendedora le
sugirió, además, llevar unos tacones con tiras en plata que le hacían juego.
Tuvo la amabilidad de envolver el atuendo en una caja blanca con cinta roja.
Al
llegar a casa, Braulio no pudo esperar para mostrarle el regalo a Elisa. Cuando
lo abrió, se quedó atónita. Sus ojos se encendieron como dos antorchas y se
apresuró a colocarlo contra su pecho. De pie, delante del espejo del comedor, posaba
de lado e imitaba con coquetería a las actrices que había visto en la tele. De
pronto, su sonrisa mudó en una mueca agrietada.
⸺
¿En verdad crees que sea una buena idea? ⸺le preguntó, bajando el vestido a la
altura de su abdomen.
⸺
Por supuesto ⸺respondió Braulio, parándose detrás de ella⸺. Te van a adorar.
El
día de la fiesta, Braulio pidió permiso en su trabajo. Desde muy temprano
estuvo atento al arribo de las cajas, vigilando los preparativos. El salón y la
terraza parecían un patio de maniobras, con hombres que iban y venían en un
ajetreo ruidoso que espantaba a Elisa. Acostumbrada al silencio, no surgió ni
por asomo. Para las seis de la tarde, el salón estuvo listo: la torta de
cumpleaños, los adornos, los candelabros, la mesa con aperitivos. Entre salados
y dulces, había canapés de pollo, quesos, jamón ibérico, prosciutto, trufas de
chocolate, alfajores y tartaletas con fondant. Poco después, vino el mesero
vestido con chaleco y pajarita. A las siete en punto, llegó el terceto de
cuerdas y ensayaron una pieza de Liszt en una esquina decorada como escenario. El
primer invitado en llegar fue Lucía, a quien Braulio ya le había puesto al
tanto de su relación con Elisa.
⸺
¿Y dónde está mi cuñadita? ⸺preguntó Lucía con las manos juntas⸺ Muero por
conocerla.
⸺
Está arriba, alistándose. Es un poco tímida.
En
orden sucesivo tocaron el timbre: los vecinos, los colegas, familiares y amigos.
Frank llegó al cabo de un rato y, pasadas las ocho, el doctor Osores. Cada uno
con un presente en la mano, entre los que se repetían botellas de whisky o vino
tinto. Cuando se acercó la hora del brindis, Lucía preguntó de nuevo por Elisa.
Braulio dijo que subiría a llamarla y que no tardaría. Al entrar al dormitorio,
vio a Elisa sentada en la cama.
⸺
¿Estás bien? ⸺le preguntó⸺ Están esperándote.
Al
acercarse, Braulio advirtió que Elisa se había maquillado los párpados, los
labios y los pómulos. Casi no la reconoció.
⸺
¿Te parece que luzco bien? ⸺preguntó Elisa, con voz trémula.
⸺¡Qué
pregunta! ¡Estás perfecta! ⸺respondió, luego de lo cual se dieron un largo abrazo.
Braulio
bajó primero a la sala y pidió a los músicos que tocaran una pieza más alegre.
Aguardó en el rellano inferior y los demás apuntaron sus miradas escaleras
arriba. La música cesó en el instante en que el vestido solitario de Elisa se dejó
ver en lo alto, colgando de los tirantes, con los tacones luchando por
mantenerse en equilibrio y la cara ausente pintarrajeada de rojo y blanco, obligando
una sonrisa, como un mimo al que se le ha corrido la cera, debido al bochorno o
la garúa. Braulio no pudo hacer nada para frenar a sus invitados que cruzaron
la puerta en estampida. Hasta el camarero y los músicos abandonaron el salón, como
un fuerte durante un bombardeo. Solo Lucía se quedó estática. Miraba a su
hermano fijamente mientras movía la cabeza de lado.
***
En
una tarde cualquiera de agosto, con el sol reverberando en la cocina, quedaron
rebotando las palabras de Elisa, como un eco que se negaba a apagarse:
⸺
Alguna vez fui real, pero lo he olvidado todo.
⸺
Lo sé y solo ahora me doy cuenta que, durante todo este tiempo, he sido yo el
fantasma.
Los
hombres de la mudanza terminaron de cargar los muebles. Pronto se escuchó el
claxon del camión y la sombra de Elisa se esfumó de la misma forma en que había
aparecido.
Comentarios
Publicar un comentario