Las tres niñas salieron en
fila del salón, uniformadas. A la cabeza, Reinalda portaba el estandarte. Le
seguía Albertina. El profesor encendió la radio a pilas y el himno nacional se
dejó escuchar en la fría cordillera. Pierna en alto, desfilaron por la calle sin
asfaltar de la escuelita de adobe. «Maestro, ¿puedo llevar la bandera el año que
viene?» Preguntó Justina cuando terminaron. El profesor tenía la mirada colgada
en el horizonte, mientras desde el pueblo le llegaba el eco de las
ametralladoras. «Sí», contestó, «el año que viene».
EL VESTIDO DE ELISA Para L. Apenas Braulio se mudó a la casa, empezó a escuchar los ruidos. Al principio eran golpes secos, como puños contra una superficie de madera. A veces, mientras conciliaba el sueño, oía pisadas inquietas al otro lado de la habitación. Más adelante, los sonidos cesaron y surgieron escurridizas sombras cruzando el corredor o la presencia invisible pero certera de unos ojos que lo observaban a sus espaldas. Así hasta que una buena noche se dirigió a la cocina para devolver una taza sucia y vio una silueta translúcida frente al lavaplatos. Fue así como conoció a Elisa. Después del susto inicial y las preguntas de rigor en esta clase de encuentros espectrales ⸺«¿quién eres?» «¿qué haces aquí?»⸺ entablaron una conversación que se dilató hasta que en las calles ya no se escuchó ninguna bocina, solo el cricrí de los grillos y el maullido de una gata en celo. Casi de inmediato, se tendió entre ambos una complicidad tan franca que parecí...
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