Las tres niñas salieron en
fila del salón, uniformadas. A la cabeza, Reinalda portaba el estandarte. Le
seguía Albertina. El profesor encendió la radio a pilas y el himno nacional se
dejó escuchar en la fría cordillera. Pierna en alto, desfilaron por la calle sin
asfaltar de la escuelita de adobe. «Maestro, ¿puedo llevar la bandera el año que
viene?» Preguntó Justina cuando terminaron. El profesor tenía la mirada colgada
en el horizonte, mientras desde el pueblo le llegaba el eco de las
ametralladoras. «Sí», contestó, «el año que viene».
Hay días en que la ropa me queda demasiado grande no porque haya perdido peso precisamente sino porque de seguro se me ha encogido en dos tallas el alma. Tan inevitable como inútil uno se mira las manos bajo el sol ve caer el ensueño junto al chorro del grifo y encuentra en una cáscara de fruta el significado obsoleto de la alegría. Hay días en que el cuerpo se engalana solo como un mendicante sin el alma puesta y hay que dejarlo simplemente abrazarlo y dejarlo irse.
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