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El Perú es un mito

 El Perú es un mito. Ese viejo sueño republicano terminó siendo poco más que una farsa. Una que nos contaban de niños en las clases de Historia o de Educación Cívica, cuando, ordenados, salíamos a la formación y soportábamos el sol como un castigo y levantábamos la punta del pie hasta lo más alto cada 28 de julio y cantábamos el himno casi mecánicamente y creíamos, en el fondo, que el Perú era eso o algo más que eso. Solo más adelante, comprendimos que esa torpe idea de nación abarcaba más allá de sus confines, que nos atravesaba como una lanza cada cierto tiempo, que nos vendía caras promesas y nos demostraba una y otra vez, sin piedad, que siempre se puede caer más hondo.

No, no somos una república. A lo más, una enorme aglomeración de personas con vínculos comunes, imperecederos lazos de afecto y cinco o seis lugares entrañables. 

En el año del bicentenario, el país de las no-oportunidades es, de nuevo, el lugar de las oportunidades perdidas.  

Hay algo fallido en nosotros, sin duda. Un error de matriz, una suma mal hecha. Toca repensar las bases, los primeros anhelos. Sí, pero no por nosotros. Como ciudadanos hemos fallado y merecemos más o menos esta pobre clase política. Sino por los otros, los que llegan detrás, como corriendo, los que cantan en las formaciones, dibujan banderitas en las solapas de los cuadernos, recitan a todo pulmón y ven con ojos nuevos esto que llamamos Perú como una gran avenida.  

  

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