Releyendo los manifiestos artísticos surgidos en las primeras décadas del siglo XX, me preguntaba acerca de las claves —sociales o literarias— que motivaron estos enérgicos pronunciamientos. Tanto en el Manifiesto del Futurismo (1909) de Filippo Tommaso Marinetti como en los Manifiestos del surrealismo (1924 y 1930) de André Breton, se pone de relieve no tanto la obra poética como la acción poética («No hay belleza sino en la lucha», indica Marinetti). Es en el hacer del hombre donde anida la condición del nuevo artista, una especie de actitud vital más importante aún que la técnica o la palabra. El dadaísmo, años más tarde, reciclaría estas agitadoras ideas para llevar a cabo su ruptura con la tradición racionalista. Para el futurismo y el surrealismo, tal acción no es exclusiva de unos pocos iluminados ni de una clase privilegiada. De ahí que este tipo de proclamas tengan ese claro sello imperativo («¡Alzar la cabeza!... ¡Enhiestos sobre la cima del mundo, nosotros lanzamos una vez más nuestro desafío a las estrellas! ...») y antiestablishment («Es indispensable instruir el proceso contra la actitud realista, que debe seguir al proceso contra la actitud materialista». Primer manifiesto surrealista). Ambos dirigidos como dardos a un invisible auditorio tan grande como el orbe. Los manifiestos implican un llamado a viva voz, un cántico solitario hacia un ágora efervescente, distraída por las necesidades cotidianas, inmersos en una sociedad que los consume y sobre la que se descargan toda clase de denuncias. («¡Nuestros corazones no sienten ningún cansancio, porque están nutridos de fuego; de odio y de velocidad!... ¿Se asombran?... ¡Es lógico, ya que ustedes ni siquiera recuerdan haber vivido!». Manifiesto futurista). Aquí, el uso del nosotros resulta fundamental. La voz que anuncia el nacimiento de la nueva era proviene de una boca colectiva. Una voz anónima escondida en la primera persona del plural, pero que recoge y lleva consigo, como una declaración de guerra, la libertad del arte y una afirmación de la vida.
EL VESTIDO DE ELISA Para L. Apenas Braulio se mudó a la casa, empezó a escuchar los ruidos. Al principio eran golpes secos, como puños contra una superficie de madera. A veces, mientras conciliaba el sueño, oía pisadas inquietas al otro lado de la habitación. Más adelante, los sonidos cesaron y surgieron escurridizas sombras cruzando el corredor o la presencia invisible pero certera de unos ojos que lo observaban a sus espaldas. Así hasta que una buena noche se dirigió a la cocina para devolver una taza sucia y vio una silueta translúcida frente al lavaplatos. Fue así como conoció a Elisa. Después del susto inicial y las preguntas de rigor en esta clase de encuentros espectrales ⸺«¿quién eres?» «¿qué haces aquí?»⸺ entablaron una conversación que se dilató hasta que en las calles ya no se escuchó ninguna bocina, solo el cricrí de los grillos y el maullido de una gata en celo. Casi de inmediato, se tendió entre ambos una complicidad tan franca que parecí...
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