Cada vez que salía de la oficina, caminaba al paradero, trepaba al bus, sentía que una parte suya se perdía. Al principio era un brazo, una oreja. Luego seguían los riñones, el páncreas, las gónadas y demás glándulas vitales. Para cuando llegaba a casa y abría la puerta, solo quedaba un cuerpo tibio e irreconocible, la cara de espanto de la mujer y un largo reguero de órganos detrás, que había que recoger al día siguiente, uno a uno, para volver al trabajo con un mínimo de decencia.
EL VESTIDO DE ELISA Para L. Apenas Braulio se mudó a la casa, empezó a escuchar los ruidos. Al principio eran golpes secos, como puños contra una superficie de madera. A veces, mientras conciliaba el sueño, oía pisadas inquietas al otro lado de la habitación. Más adelante, los sonidos cesaron y surgieron escurridizas sombras cruzando el corredor o la presencia invisible pero certera de unos ojos que lo observaban a sus espaldas. Así hasta que una buena noche se dirigió a la cocina para devolver una taza sucia y vio una silueta translúcida frente al lavaplatos. Fue así como conoció a Elisa. Después del susto inicial y las preguntas de rigor en esta clase de encuentros espectrales ⸺«¿quién eres?» «¿qué haces aquí?»⸺ entablaron una conversación que se dilató hasta que en las calles ya no se escuchó ninguna bocina, solo el cricrí de los grillos y el maullido de una gata en celo. Casi de inmediato, se tendió entre ambos una complicidad tan franca que parecí...
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