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Game over

Abrió la caja rápidamente y sus ojos centellaron de júbilo. Cuarenta años había pasado desde la última ocasión que tuvo uno similar en sus manos. Mientras conectaba con impaciencia los cables de la consola en el flamante televisor, recordó sus peripecias de niño. La primera vez que jugó en casa de un amigo, las veces que robó dinero del saco de su padre para ir a una cabina, todas las navidades que suplicó para que le dieran uno de regalo. La pobreza era una herida morosa. Ahora, en plena madurez, podía concederse esta clase de artilugios. A la primera partida sintió los destellos de vivos colores golpeándole la cara. A la segunda, el hechizo fue menor. En la siguiente, sintió como un mordisco a un costado del corazón. Dejó el mando sobre la mesa y comprendió que ya nada podía salvarlo.


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