Abrió
la caja rápidamente y sus ojos centellaron de júbilo. Cuarenta años había
pasado desde la última ocasión que tuvo uno similar en sus manos. Mientras
conectaba con impaciencia los cables de la consola en el flamante televisor,
recordó sus peripecias de niño. La primera vez que jugó en casa de un amigo, las
veces que robó dinero del saco de su padre para ir a una cabina, todas las
navidades que suplicó para que le dieran uno de regalo. La pobreza era una
herida morosa. Ahora, en plena madurez, podía concederse esta clase de
artilugios. A la primera partida sintió los destellos de vivos colores
golpeándole la cara. A la segunda, el hechizo fue menor. En la siguiente, sintió
como un mordisco a un costado del corazón. Dejó el mando sobre la mesa y comprendió
que ya nada podía salvarlo.
EL VESTIDO DE ELISA Para L. Apenas Braulio se mudó a la casa, empezó a escuchar los ruidos. Al principio eran golpes secos, como puños contra una superficie de madera. A veces, mientras conciliaba el sueño, oía pisadas inquietas al otro lado de la habitación. Más adelante, los sonidos cesaron y surgieron escurridizas sombras cruzando el corredor o la presencia invisible pero certera de unos ojos que lo observaban a sus espaldas. Así hasta que una buena noche se dirigió a la cocina para devolver una taza sucia y vio una silueta translúcida frente al lavaplatos. Fue así como conoció a Elisa. Después del susto inicial y las preguntas de rigor en esta clase de encuentros espectrales ⸺«¿quién eres?» «¿qué haces aquí?»⸺ entablaron una conversación que se dilató hasta que en las calles ya no se escuchó ninguna bocina, solo el cricrí de los grillos y el maullido de una gata en celo. Casi de inmediato, se tendió entre ambos una complicidad tan franca que parecí...
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