Muerto el león, los animales se volcaron a elegir a su nuevo soberano. Necesitamos alguien más honesto, gritaron al unísono. Se presentó el flamenco, pero fue vapuleado debido a su corta inteligencia. En su lugar propusieron al mono. Es demasiado astuto, dijeron, nos puede timar. Así, rechazaron el solipsismo del oso, la indiscreción del papagayo, la soberbia del halcón, la voracidad del ñandú. Al fin encontraron a alguien impoluto. El elefante surgió entre la muchedumbre como una opción conciliadora. Pero fue descartado al recordarle que de joven había pisado una hormiga. Y cuando llegó el turno del cocodrilo, a nadie le importó lo ladrón, impío, arrogante, vulgar y carnívoro. Alzándolo en hombros, fue llevado hacia el trono, mientras le cantaban ¡viva nuestro rey! y de sus fauces iba chorreando un hilito de baba.
EL VESTIDO DE ELISA Para L. Apenas Braulio se mudó a la casa, empezó a escuchar los ruidos. Al principio eran golpes secos, como puños contra una superficie de madera. A veces, mientras conciliaba el sueño, oía pisadas inquietas al otro lado de la habitación. Más adelante, los sonidos cesaron y surgieron escurridizas sombras cruzando el corredor o la presencia invisible pero certera de unos ojos que lo observaban a sus espaldas. Así hasta que una buena noche se dirigió a la cocina para devolver una taza sucia y vio una silueta translúcida frente al lavaplatos. Fue así como conoció a Elisa. Después del susto inicial y las preguntas de rigor en esta clase de encuentros espectrales ⸺«¿quién eres?» «¿qué haces aquí?»⸺ entablaron una conversación que se dilató hasta que en las calles ya no se escuchó ninguna bocina, solo el cricrí de los grillos y el maullido de una gata en celo. Casi de inmediato, se tendió entre ambos una complicidad tan franca que parecí...
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