La última banda de rock del mundo anunció su gira de despedida. Comenzarían tocando en Ámsterdam, su ciudad natal, luego viajarían por Europa, Asia, Estados Unidos, y, para asombro de sus fans, cerrarían su extensa y vibrante carrera en Latinoamérica. A lo largo de un año feroz, la energía en el escenario no descendió un ápice. Al contrario, la presentación en Río y Buenos Aires dejó ver sorpresivas llamaradas, saltos acrobáticos e himnos legendarios junto a artistas de lujo. Incluso, en la rueda de prensa, adelantaron que para el concierto final en Lima tenían preparado «algo inolvidable». Nadie notó la carga detrás de ese mensaje sutil. Tampoco nadie esperó que, en el instante del cierre, las luces se apagaran de pronto y, al encenderse, el público quedara paralizado ante el atroz espectáculo. Entre el humo y el caos, no fue fácil distinguir los cuerpos inmolados y colgantes, como un grito fatal y esperanzador de que el rock, en efecto, moría con ellos.
EL VESTIDO DE ELISA Para L. Apenas Braulio se mudó a la casa, empezó a escuchar los ruidos. Al principio eran golpes secos, como puños contra una superficie de madera. A veces, mientras conciliaba el sueño, oía pisadas inquietas al otro lado de la habitación. Más adelante, los sonidos cesaron y surgieron escurridizas sombras cruzando el corredor o la presencia invisible pero certera de unos ojos que lo observaban a sus espaldas. Así hasta que una buena noche se dirigió a la cocina para devolver una taza sucia y vio una silueta translúcida frente al lavaplatos. Fue así como conoció a Elisa. Después del susto inicial y las preguntas de rigor en esta clase de encuentros espectrales ⸺«¿quién eres?» «¿qué haces aquí?»⸺ entablaron una conversación que se dilató hasta que en las calles ya no se escuchó ninguna bocina, solo el cricrí de los grillos y el maullido de una gata en celo. Casi de inmediato, se tendió entre ambos una complicidad tan franca que parecí...
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