La última banda de rock del mundo anunció su gira de despedida. Comenzarían tocando en Ámsterdam, su ciudad natal, luego viajarían por Europa, Asia, Estados Unidos, y, para asombro de sus fans, cerrarían su extensa y vibrante carrera en Latinoamérica. A lo largo de un año feroz, la energía en el escenario no descendió un ápice. Al contrario, la presentación en Río y Buenos Aires dejó ver sorpresivas llamaradas, saltos acrobáticos e himnos legendarios junto a artistas de lujo. Incluso, en la rueda de prensa, adelantaron que para el concierto final en Lima tenían preparado «algo inolvidable». Nadie notó la carga detrás de ese mensaje sutil. Tampoco nadie esperó que, en el instante del cierre, las luces se apagaran de pronto y, al encenderse, el público quedara paralizado ante el atroz espectáculo. Entre el humo y el caos, no fue fácil distinguir los cuerpos inmolados y colgantes, como un grito fatal y esperanzador de que el rock, en efecto, moría con ellos.