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EL VESTIDO DE ELISA

  EL VESTIDO DE ELISA   Para L.   Apenas Braulio se mudó a la casa, empezó a escuchar los ruidos. Al principio eran golpes secos, como puños contra una superficie de madera. A veces, mientras conciliaba el sueño, oía pisadas inquietas al otro lado de la habitación. Más adelante, los sonidos cesaron y surgieron escurridizas sombras cruzando el corredor o la presencia invisible pero certera de unos ojos que lo observaban a sus espaldas. Así hasta que una buena noche se dirigió a la cocina para devolver una taza sucia y vio una silueta translúcida frente al lavaplatos. Fue así cómo conoció a Elisa. Después del susto inicial y las preguntas de rigor en esta clase de encuentros espectrales ⸺«¿quién eres?» «¿qué haces aquí?»⸺ entablaron una conversación que se dilató hasta que en las calles ya no se escuchó ninguna bocina, solo el cricrí de los grillos y el maullido de una gata en celo. Casi de inmediato, se tendió entre ambos una complicidad tan franca que parecí...

Estación Julio Prestes

Hubo días en que pasé hambre y llenaba las vísceras con manantiales de lavatorio a veces para engañarme me decía que era martes y no viernes ahí están como evidencias los poemas heroicos en los baños públicos el pavor secreto de las plazas soleadas. Desde el hotel Helvetia me asomaba a diario como un misántropo a otear los cascos acerados de la estación Júlio Prestes. Algo debió nacer o morir ahí en esos lentos atardeceres un retazo de mi voz de mi sombra me avergüenza un poco ahora pero por fortuna no hay testigos de mi cuerpo desolado.

Se nos ha ido la vida

Se nos ha ido la vida como excusándose en un batir de alas silentes sin prisa sin lástima sin dolor ¿ya ves que no era tan grande como decían? Solo hemos tenido una carta un único rostro adormecido una moneda de un solo lado y la hemos apostado a perdedor todo o nada bajo la mirada inquietante de los jueces. Se nos ha ido la vida y a cambio nos han echado a nuestra suerte. 

Outfit

Hay días en que la ropa me queda demasiado grande no porque haya perdido peso precisamente sino porque de seguro se me ha encogido en dos tallas el alma. Tan inevitable como inútil uno se mira las manos bajo el sol ve caer el ensueño junto al chorro del grifo y encuentra en una cáscara de fruta el significado obsoleto de la alegría. Hay días en que el cuerpo se engalana solo como un mendicante sin el alma puesta y hay que dejarlo simplemente abrazarlo y dejarlo irse.

El cadáver

Sin familiares que lo reclamen, el cuerpo estuvo rebotando de un ministerio a otro, hasta regresar a la morgue. Solo aguantó ahí unos días. Los forenses se rehusaban a trabajar mientras permaneciera con ellos el execrable difunto. Ningún camposanto aceptó enterrarlo. El gobierno se vio en aprietos. Pensaron cremarlo y echar las cenizas al océano, pero temieron que contaminara por siglos la fauna marina. Por último, decidieron lanzarlo al espacio sideral. Nerviosos por la delicada misión, la impericia de los astronautas propició una fallida maniobra en el aire. Una explosión en las turbinas, seguida de una lluvia de polvo negro bañando sus rostros, les recordó para siempre la monstruosidad que habían engendrado.

Breaking news

Durante la pausa, el presentador hizo el anuncio. A partir de mañana, dijo, los relojes de todo el mundo se detendrán. No tenía sentido, además, persistir en algún tipo de orden, dadas las circunstancias actuales. Luego se cortó la transmisión y el plató quedó también envuelto en sombras.   

28 de julio

Las tres niñas salieron en fila del salón, uniformadas. A la cabeza, Reinalda portaba el estandarte. Le seguía Albertina. El profesor encendió la radio a pilas y el himno nacional se dejó escuchar en la fría cordillera. Pierna en alto, desfilaron por la calle sin asfaltar de la escuelita de adobe. «Maestro, ¿puedo llevar la bandera el año que viene?» Preguntó Justina cuando terminaron. El profesor tenía la mirada colgada en el horizonte, mientras desde el pueblo le llegaba el eco de las ametralladoras. «Sí», contestó, «el año que viene».  

Apariciones S.A.

Desde el día que invocamos al fantasma de Aristóteles, las sesiones han sido un éxito. Los salones se llenan con facilidad y no nos damos abasto para atender a tanta gente. A diario nos llega correspondencia de todos los países. Piden hablar con Marx, Galileo, Descartes, Napoleón o Jesucristo. Con gozo aterrador hemos conocido sus testimonios de ultratumba. Sin embargo, nuestra tarea no es un campo de flores. Como desertores, venimos huyendo de la policía. Debido a las frecuentes emboscadas, nos vemos obligados a reunirnos en lugares clandestinos, a horas imposibles; juzgados, perseguidos, acusados de subvertir la verdad del mundo.

El Tour Inolvidable

La última banda de rock del mundo anunció su gira de despedida. Comenzarían tocando en Ámsterdam, su ciudad natal, luego viajarían por Europa, Asia, Estados Unidos, y, para asombro de sus fans, cerrarían su extensa y vibrante carrera en Latinoamérica. A lo largo de un año feroz, la energía en el escenario no descendió un ápice. Al contrario, la presentación en Río y Buenos Aires dejó ver sorpresivas llamaradas, saltos acrobáticos e himnos legendarios junto a artistas de lujo. Incluso, en la rueda de prensa, adelantaron que para el concierto final en Lima tenían preparado «algo inolvidable». Nadie notó la carga detrás de ese mensaje sutil. Tampoco nadie esperó que, en el instante del cierre, las luces se apagaran de pronto y, al encenderse, el público quedara paralizado ante el atroz espectáculo. Entre el humo y el caos, no fue fácil distinguir los cuerpos inmolados y colgantes, como un grito fatal y esperanzador de que el rock, en efecto, moría con ellos. 

Bienaventuranza

¿Cómo harán los otros para vivir  en esta elástica reclusión  sin un dolor bajo el bazo? ¿no les pesa acaso los hombros el cuello  de tanto sostener  los delirios cada noche? ¿no les estalla el aire en los pulmones cuando se asoman a la ventana? Cuando caminan calle abajo ¿no sienten acaso un frío  mordiéndoles las piernas? ¿Cómo harán para despertar cada día abrir los ojos  ser el mismo y no sentir que han caído  en un sueño más profundo? Bienaventurados los sedientos los que apagan su fe con gárgaras de infinito. 

El algoritmo

Yo sabía que el algoritmo conocía tus preferencias: lo que lees, lo que comes, tus gustos musicales. Pero esto es demasiado. Tan solo había pasado frente a una tienda y admirado unas botas de montar, cuando minutos después recibo en el celular una promoción de calzado campestre. Saliendo de la oficina, se me averió el coche y, al llegar a casa, me telefonean para ofrecerme un auto nuevo. A pocos días de mi aniversario con Natalia, mi correo estaba lleno de publicidad de viajes a lugares que ella amaba en secreto. Una noche soñé que moría accidentado y al despertar me encuentro con un anuncio de seguros de vida. Lo primero que vi cuando supe que mi mujer me engañaba, fue un aviso de pistolas con silenciador. Hundido en la cárcel, pensé en librarme de esta persecución de pesadilla. Hace poco he recibido un folleto con servicio de abogados. 

Los comicios

Muerto el león, los animales se volcaron a elegir a su nuevo soberano. Necesitamos alguien más honesto, gritaron al unísono. Se presentó el flamenco, pero fue vapuleado debido a su corta inteligencia. En su lugar propusieron al mono. Es demasiado astuto, dijeron, nos puede timar. Así, rechazaron el solipsismo del oso, la indiscreción del papagayo, la soberbia del halcón, la voracidad del ñandú. Al fin encontraron a alguien impoluto. El elefante surgió entre la muchedumbre como una opción conciliadora. Pero fue descartado al recordarle que de joven había pisado una hormiga. Y cuando llegó el turno del cocodrilo, a nadie le importó lo ladrón, impío, arrogante, vulgar y carnívoro. Alzándolo en hombros, fue llevado hacia el trono, mientras le cantaban ¡viva nuestro rey! y de sus fauces iba chorreando un hilito de baba. 

Carnicería

Cada vez que salía de la oficina, caminaba al paradero, trepaba al bus, sentía que una parte suya se perdía. Al principio era un brazo, una oreja. Luego seguían los riñones, el páncreas, las gónadas y demás glándulas vitales. Para cuando llegaba a casa y abría la puerta, solo quedaba un cuerpo tibio e irreconocible, la cara de espanto de la mujer y un largo reguero de órganos detrás, que había que recoger al día siguiente, uno a uno, para volver al trabajo con un mínimo de decencia. 

Game over

Abrió la caja rápidamente y sus ojos centellaron de júbilo. Cuarenta años había pasado desde la última ocasión que tuvo uno similar en sus manos. Mientras conectaba con impaciencia los cables de la consola en el flamante televisor, recordó sus peripecias de niño. La primera vez que jugó en casa de un amigo, las veces que robó dinero del saco de su padre para ir a una cabina, todas las navidades que suplicó para que le dieran uno de regalo. La pobreza era una herida morosa. Ahora, en plena madurez, podía concederse esta clase de artilugios. A la primera partida sintió los destellos de vivos colores golpeándole la cara. A la segunda, el hechizo fue menor. En la siguiente, sintió como un mordisco a un costado del corazón. Dejó el mando sobre la mesa y comprendió que ya nada podía salvarlo.

Platón y la teoría de los anillos

En un despliegue ejemplar de lógica formal, Platón evidencia en el Ión su concepción crítica de la poesía. Utiliza para ello la figura del rapsoda — un pregonero o declamador de los grandes poemas épicos— quien, al encuentro con el mismo Sócrates, entabla un diálogo ficticio que en el fondo esconde una posición marcada sobre las artes y las ciencias. ¿Cuál era la intención del autor en contraponer a ambos personajes? Sin duda, porque cada uno encarnaba a los máximos representantes de las disciplinas que entraban en conflicto: la filosofía y lo que para Platón significaba la poesía.  Tras halagar a Ión por haber ocupado el primer puesto en un concurso de rapsodas, el personaje de Sócrates le formula una sencilla pero engañosa petición: «…solo quiero que me digas si tu habilidad se limita a la inteligencia de Homero o si se extiende igualmente a la de Hesíodo y Arquíloco». Ante cuya decepcionante respuesta, el ateniense sentencia: «Es evidente, que tú no eres capaz de hablar sobre H...

Decálogo del cuentista

1. No deseches el primer borrador. A medida que el cuento se perfecciona, se suele extraviar el aliento vital que dio origen al relato. No pocas luces se encuentran en la relectura de aquel lejano manuscrito. 2. Para toda idea inexpresada hay una palabra precisa, una que revela mejor que ninguna toda la dimensión, el color y la forma de lo que se quiere decir. El mérito del cuentista es encontrar esas palabras y saber emplearlas en el lugar indicado. 3. Buscar la belleza de las palabras cortas: té, más, sol, pan, voz, tren. Entre ‘intempestivamente’ e ‘inopinadamente’, elegir ‘de golpe’. 4. El arranque (ideal) del cuento debe aportar dirección y fuerza. No como un cohete que asciende de manera abrupta hacia el firmamento, sino como un jet que toma impulso sobre la pista, de manera horizontal, cada vez más rápida, con un rumbo fijo que a la postre trazará la línea misma del relato. 5. Un cuento logrado es como una pieza musical. Leerlo en voz alta todas las veces que sea necesario ayuda...

La libertad y el arte. Algunas notas sobre los manifiestos vanguardistas

  Releyendo los manifiestos artísticos surgidos en las primeras décadas del siglo XX, me preguntaba acerca de las claves —sociales o literarias— que motivaron estos enérgicos pronunciamientos. Tanto en el  Manifiesto del Futurismo (1909) de Filippo Tommaso Marinetti como en los Manifiestos del surrealismo (1924 y 1930) de André Breton, se pone de relieve no tanto la obra poética como la acción poética («No hay belleza sino en la lucha», indica Marinetti). Es en el hacer del hombre donde anida la condición del nuevo artista, una especie de actitud vital más importante aún que la técnica o la palabra. El dadaísmo, años más tarde, reciclaría estas agitadoras ideas para llevar a cabo su ruptura con la tradición racionalista. Para el futurismo y el surrealismo, tal acción no es exclusiva de unos pocos iluminados ni de una clase privilegiada. De ahí que este tipo de proclamas tengan ese claro sello imperativo («¡Alzar la cabeza!... ¡Enhiestos sobre la cima del mundo, nosotros lan...

Los Cruzados

Con mis compañeros de armas solíamos asaltar las esquinas. Bebíamos la noche de oros derretidos, el rocío de las estrellas. Acometíamos con vehemencia de cíclope contra las falsas promesas y el capó de los autos. Bajo los puentes caídos, celebrábamos la derrota, con grandes manos pobladas de ternura. A veces volvíamos con la piel gastada, los dientes cargados de flores y las hileras rotas de tanto arrastrar los caminos. Volvíamos con prisa de retorno, con colores escritos en los labios y los bolsillos repletos de hierba, cenizas que íbamos esparciendo y recogiendo de tanto humo sofocado. Mentíamos a nuestros padres con absoluta verdad y a nuestros futuros hijos con gritos de inocencia.  Todos queríamos traer, a nuestro modo, el fuego de la montaña, empujar la piedra de Sísifo, rodar con ella, ser todo o nada, hasta darnos de bruces en el lodo sagrado, materia viviente, morada de los tiempos.    Éramos cinco, pero, a veces, se sumaban otros. Igual de ingenuos y desesperado...